Nieremberg y su «Crisol de desengaños»

Hay libros que uno abre y, más que leer, parece que te contaran su propia historia. Eso me pasa con este ejemplar que tengo sobre la mesa: la Tercera edición, esmeradamente corregida, de la Diferencia entre lo temporal y eterno y Crisol de desengaños, del padre Juan Eusebio Nieremberg. Fue impreso en Madrid en 1942 por Apostolado de la Prensa.

Lo primero que llama la atención es su aspecto. No es un libro lujoso; es humilde, hecho para durar y para ser leído hasta el agotamiento. Tiene una encuadernación en tela editorial con las tapas gofradas y el lomo liso, un formato muy típico de las colecciones piadosas de la posguerra. El papel, de esos de fibra mecánica, ha amarilleado con los años y se ha vuelto tan ácido que, si miras la portada con atención, puedes adivinar las letras de la página de atrás. En el centro, estampado en tinta negra, destaca el emblema de la Compañía de Jesús con el anagrama IHS y su resplandor solar. Abajo, la dirección de la editorial: Velázquez, 28. Todo respira una intención clarísima: la de ser un instrumento de edificación moral, un libro de cabecera para gente corriente. Estamos ante el típico ejemplar que el nacionalcatolicismo de la época promovía para reimprimir clásicos ascéticos y tratar de recristianizar la sociedad.

Lo compré en una feria de libros viejos en Bilbao. Un día cualquiera me topé con él y allí descubrí verdaderas obras de arte que, lejos de tener un valor material importante, hablan sin ser leídos.

El autor y su época

Para entender qué hace un libro así en 1942, hay que remontarse a su autor. Nieremberg (Madrid, 1595–1658) fue un jesuita de origen germano que se convirtió en uno de los autores espirituales más leídos del Siglo de Oro. Su formación ignaciana se nota en todo lo que escribe: no le interesaba perderse en teorías teológicas abstractas, sino en cómo hacer que el lector meditara y cambiara por dentro. De hecho, su obra es enorme (más de setenta títulos) y combinaba un conocimiento inmenso de los Padres de la Iglesia con ejemplos sacados de la vida cotidiana o de la historia natural. Esa contraposición innata hace de este autor una gran fuente de inspiración para mí.

Este libro en concreto, el Crisol de desengaños, fue su gran éxito editorial. Se publicó por primera vez en 1640 y no paró de reimprimirse y traducirse. El subtítulo no es un adorno: la idea es que el libro funcione como un horno metafórico donde se quemen las apariencias falsas del mundo para que solo quede la verdad eterna.

El tiempo frente a la eternidad

Y de eso va la obra, precisamente. De la enorme distancia que hay entre lo que dura un suspiro y lo que no se acaba nunca. Nieremberg construye todo un sistema de opuestos: lo temporal es lo que fluye, lo que engaña; lo eterno es lo que permanece. Para él, el ser humano está hecho para algo sobrenatural, y las cosas del mundo solo son herramientas. El problema es cuando las convertimos en el fin mismo; ahí, dice, empieza toda la perdición.

El libro está dividido en cinco partes y tiene pasajes realmente potentes. En el primero, por ejemplo, define la eternidad no como un tiempo infinito, sino como un presente absoluto, sin pasado ni futuro. Frente a eso, el tiempo terrenal es una línea que se deshace a cada segundo. De ahí saca una conclusión que asusta: quien pone su felicidad en lo material, está construyendo sobre arena. La muerte, ese instante que está justo «en medio del tiempo y la eternidad», es el momento más decisivo de la vida, porque allí se fija para siempre lo que aquí era cambiante.

El concepto de desengaño es otra de las claves. No hablamos solo de darse cuenta de que uno se ha equivocado, sino de un proceso que te reordena el corazón. El mundo es un teatro de sombras, sí, pero desengañarse no es volverse un amargado ni un escéptico; al contrario, es enamorarse de lo eterno. Es dejar de lado lo que no vale nada para abrazar la plenitud. A mí, personalmente, esta idea del desengaño me parece muy interesante por la gran capacidad reinterpretativa personal que exige. No se trata de redireccionar el camino, exige un cambio mucho más profundo.

En la cuarta parte, Nieremberg se mete de lleno con los «males eternos», el infierno, y lo hace con una minuciosidad tan gráfica que hoy puede impresionar bastante. Pero en su momento no era morbo: era un recurso pedagógico para despertar la conciencia del lector. Luego, en la quinta parte, el tono cambia por completo y sube hacia la contemplación de los bienes eternos. Al final, todo el tratado es un camino que va del tiempo a la eternidad y del desengaño a la esperanza.

Hay frases en el libro que resumen a la perfección su pensamiento. Una de las más famosas dice que «el hombre tanto ha de usar de las cosas temporales cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitárselas cuanto para ello le impiden». Es casi una copia literal de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. También escribe que el hombre, por sí mismo, «no tiene sino mentira y pecado, dos horrendos y profundísimos abismos». Esa visión tan negativa no es una condena, sino la base para entender la grandeza de la redención: solo quien se sabe nada puede recibirlo todo.

A veces se atraganta un tanto debido a la cantidad de citas de santos que mete, pero cuando conectas con la idea, engancha y mucho.

¿Un objeto de colección?

Volviendo al objeto físico… ¿Tiene algún valor este ejemplar hoy en día? Si hablamos de dinero, siendo honestos, no estamos ante una rareza que vaya a subastarse por miles de euros. Los libros de apostolado de la posguerra se imprimieron a miles y su papel de mala calidad los hace muy frágiles. En el mercado de segunda mano, de hecho, se encuentra por precios muy modestos, a veces por menos de lo que cuesta un par de cafés.

Sin embargo, su verdadero valor es otro. Para un coleccionista, tiene un valor documental indiscutible: es una ventana perfecta a la España de 1942, a sus prioridades editoriales y a cómo se moldeaba la fe de la gente a través de la imprenta. Y sobre todo, tiene un valor de memoria. Es un libro que sobrevivió a la posguerra, que conserva su encuadernación original y que huele a papel viejo.

A mí me gusta abrirlo y pasar las páginas despacio, ver su diminuta grafía, notar el tacto áspero del papel, percibir su olor. Lo tengo en la estantería y a veces lo miro y pienso en todas las manos que lo habrán leído antes que yo y pienso de qué manera habrá influido el libro en ellos o si simplemente fue un objeto decorativo.

Una reflexión final

Al final, Diferencia entre lo temporal y eterno no es un simple manual de moral ni un tratado aburrido. Es un libro que plantea una pregunta muy radical: ¿qué relación hay entre el tiempo que vivimos y aquello que lo trasciende? Nieremberg no deja lugar a dudas: o vives para lo eterno, o vives para la nada. Su estilo, lleno de erudición y de imágenes a veces brutales, puede resultarnos extraño hoy. Pero esa extrañeza es una invitación a entender una época —la del Barroco hispano— donde el desengaño no era una pose, sino la forma misma de estar en el mundo.

Esta edición de 1942, con sus tapas de cartón y su papel amarillo, es la prueba de que esa tradición siguió viva durante siglos. Y quizá el mayor mérito de este libro sea recordarnos que la filosofía, antes de encerrarse en las aulas, fue simplemente una forma de mirarse a uno mismo y preguntarse qué hacemos aquí antes de que se acabe el tiempo.

Sin duda, es un libro que vale la pena tener, no por su valor económico, sino porque para mí ha sido todo un hallazgo. Al fin y al cabo, encontrar un libro que te obligue a detenerte y a pensar en el sentido de la vida, siempre es un pequeño tesoro.

Deja una respuesta