Nota: Este texto, es parte de mi trabajo de fin de grado de Filosofia UNED, que será presentado en unos meses.
ANTES DEL RITO
He pasado años rumiando esta experiencia, y hoy quiero ponerla por escrito con el corazón en la mano: la de sentarme a la mesa con cristianos y musulmanes, escucharles hablar de Dios y descubrir, una y otra vez, que sus diferencias no se agotaban en el rito ni en el calendario. Había algo anterior, más hondo, en su manera de estar en el mundo. No discrepaban sobre el mismo Dios con respuestas distintas; organizaban de otro modo su relación con la razón, con el cuerpo, con el otro, con el tiempo, con el error y con la duda. Eso es lo que quiero pensar aquí, y quiero pensarlo con vosotros, no contra vosotros.
Me he esforzado por evitar dos tentaciones que veo claras en mí y en otros. La primera, el irenismo cómodo que declara equivalentes todas las tradiciones para no tener que pensarlas; me parece una forma de pereza disfrazada de caridad. La segunda, el juicio rápido que convierte la diferencia en jerarquía; me parece una forma de soberbia disfrazada de lucidez.
He intentado pensar las diferencias hasta el final, porque solo así se vuelven inteligibles las convergencias, y he procurado mostrar en cada caso cómo la teoría desciende a la práctica: una filosofía de la vida que no se encarna en la vida cotidiana es, a mi juicio, una ficción de biblioteca.
Quiero añadir una advertencia de método, porque me parece honesto decir desde dónde hablo. Cuando digo «cristianismo» pienso, salvo indicación contraria, en la tradición católica de síntesis tomista; cuando digo «islam» pienso en el sunnismo de matriz ash’arí, que informó el kalām mayoritario a partir del siglo XI. No ignoro que ambas tradiciones son plurales —el voluntarismo cristiano y el racionalismo mu’tazilí existieron y existen—, y precisamente porque lo sé he procurado que los contraejemplos trabajen dentro del texto en lugar de decorarlo. Comparar dos bloques monolíticos me parece la manera más rápida de no comparar nada.
Debo declarar, además, una asimetría de método que un lector exigente advertirá de inmediato, y quiero declararla yo antes de que lo haga él: comparo una síntesis filosófica —el tomismo— con una escuela de teología escolástica —el ash’arismo—. No son dos disciplinas del mismo género.
Mi comparación no es entre dos «filosofías» en sentido estricto, sino entre dos matrices teológicas que configuran una filosofía de la vida; comparo, por tanto, dos modelos de articulación entre razón, revelación y práctica. La comparación falsafa/tomismo sería más simétrica en el plano doctrinal, pero menos ilustrativa para mi tesis, que es práctica: cómo se vive la fe.
Y la comparación ash’arismo/agustinismo desplazaría el eje del Logos al de la iluminación, que es otro problema. Elijo, pues, conscientemente, la comparación menos simétrica y más reveladora para lo que quiero mostrar, y lo hago con la esperanza de que esa elección nos acerque a comprender, no a vencer.
I. LA DIFERENCIA QUE LO ORIGINA TODO: EL DIOS QUE RAZONA Y EL DIOS QUE MANDA
1. El descubrimiento de una grieta
Recuerdo con precisión el momento en que la grieta se me hizo visible. Leía el prólogo del Evangelio de Juan —»En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1)— y me detuve en la palabra que traducimos por «Verbo»: Logos. No es una palabra cualquiera. Es el término con el que los griegos designaban la razón, el orden, la inteligibilidad, la proporción, el discurso que hace el mundo comprensible. Juan, un judío que escribía en griego, no lo eligió por azar. Estaba diciendo algo enorme: que aquello que estaba en el principio, aquello que era Dios, era precisamente la Razón. Dios es Logos.
Concedo que el Logos joánico no agota el cristianismo y que la síntesis tomista es tardía. Mi tesis no es genealógica, sino estructural: la tradición cristiana dominante leyó a Juan con categorías griegas y construyó sobre esa lectura su confianza en la inteligibilidad del mundo. El Logos no es la causa histórica de esa confianza; es su formulación canónica. La prueba es que las tradiciones cristianas que se separaron de esa lectura —Ockham, parte de la Reforma— siguieron operando con la misma estructura práctica en muchos aspectos. Eso muestra que la afinidad entre Logos y racionalidad no es un accidente de un solo autor. Uso el Logos como símbolo de una matriz, no como su causa única.
Poco después leí, en la sura del Ijlāṣ, la afirmación de la unicidad divina: «Di: Él es Dios, Uno, Dios, el Absoluto. No ha engendrado ni ha sido engendrado. No hay nadie que se le equipare» (Corán 112,1-4). El término al-Ṣamad, que se traduce por «el Absoluto» o «el que no necesita de nada», subraya la autosuficiencia soberana de Dios. Y en otro lugar: «Dios no rinde cuentas de lo que hace» (lā yus’alu ‘ammā yaf’al, Corán 21,23). Esta expresión, que la teología ash’arí convirtió en piedra angular de su doctrina de la omnipotencia, me produjo un escalofrío filosófico. No porque niegue la justicia divina —el Corán insiste en ella—, sino porque sitúa a Dios más allá de toda norma racional previa. Dios no está sujeto a un orden de razones que lo trascienda; su voluntad es la fuente última de toda determinación.
Sé que el cristianismo tuvo sus voluntaristas —Ockham, parte de la Reforma, Kierkegaard— y el islam sus racionalistas —los mu’tazilíes, Al-Fārābī, Avicena, Averroes—. Pero la forma dominante de cada tradición es la que he descrito, y es esa forma la que configura la vida cotidiana de los creyentes. El cristianismo latino se construyó sobre la síntesis tomista, que presupone la inteligibilidad del mundo y la armonía entre razón y fe. El islam sunní mayoritario se construyó sobre la síntesis ash’arí, que subordina la razón a la revelación y la ética al decreto divino.[^1] Esa diferencia no es un detalle académico. Es la diferencia entre dos maneras de estar en el mundo.
2. La consecuencia ontológica: ¿hay un orden inteligible?
Si Dios es Logos, entonces el mundo creado participa de una racionalidad intrínseca. Las cosas tienen naturalezas, esencias, estructuras inteligibles. La mente humana, creada a imagen de Dios, está capacitada para conocerlas. La razón no es una facultad extraña a Dios; es una participación finita en su racionalidad infinita. Y esto tiene una consecuencia enorme: el conocimiento de la verdad es un modo de honrar a Dios. La ciencia, la filosofía, el estudio, la investigación, no son actividades sospechosas desde el punto de vista religioso; son formas de acercarse al Creador a través de su obra.
Si, en cambio, Dios es Voluntad soberana, el mundo no posee necesariamente una estructura racional estable que la mente humana pueda descifrar con independencia de la revelación. Lo que las cosas son depende de que Dios quiera que sean así, y podría haber querido que fueran de otra manera. No hay un orden necesario e inteligible que la razón pueda descubrir por sí misma; hay un decreto positivo que la razón debe acatar. La naturaleza no es un libro que se lee, sino un mandato que se obedece. El islam tuvo una época de oro de la ciencia —eso es incontestable—, pero esa ciencia floreció en márgenes que la ortodoxia toleró mientras pudo, y su declive obedece a causas más complejas que la sola censura teológica.[^2]
3. La consecuencia ética: ¿hay un bien antes del mandato?
La diferencia ontológica tiene una consecuencia ética inmediata, y es aquí donde la teoría se vuelve práctica de manera más visible. Si Dios es Logos, hay un orden moral inteligible inscrito en la naturaleza racional del ser humano. La ley natural es accesible a la razón incluso sin revelación. El bien es lo que perfecciona la naturaleza humana; el mal es lo que la corrompe. Dios no inventa el bien por decreto; lo es en su esencia, y su voluntad no puede contradecir su razón. Tomás de Aquino lo dijo con claridad: la omnipotencia divina no incluye la capacidad de hacer lo contradictorio, porque lo contradictorio no es algo, sino la ausencia de inteligibilidad (ST I, q. 25, a. 3).[^3] Dios no puede hacer que el odio sea bueno, porque el odio, por su propia naturaleza, destruye al que lo alberga y al que lo recibe.
En la ética ash’arí, en cambio, los actos no tienen cualidades morales intrínsecas con independencia del mandato divino. El bien es lo que Dios manda, y el mal es lo que Dios prohíbe. No hay un orden moral inteligible anterior al decreto que permita juzgar ese decreto como bueno o malo. La consecuencia práctica es que la ética se convierte en jurisprudencia: la pregunta moral por excelencia no es «¿qué es el bien?», sino «¿qué dice la ley?». Y la ley se descubre en el texto revelado y en la tradición jurídica que lo interpreta, no en la naturaleza de las cosas.
Concedo, para no falsear la escolástica islámica, que el ash’arismo no es voluntarismo puro: al-Ash’arī, al-Juwaynī y el propio Al-Ghazālī discuten si la razón conoce algún bien y algún mal con independencia del decreto, y la respuesta no es unánime.[^4] Lo que sostengo no es que la razón no conozca ningún bien, sino que la instancia última de discernimiento moral es la ley revelada, no la conciencia individual ni la naturaleza de las cosas. Eso es compatible con que la razón conozca bienes parciales. La diferencia con el tomismo no está en la existencia de una razón práctica, sino en su autonomía última.
II. LA COSMOLOGÍA: CREAR POR AMOR Y CREAR POR DECRETO
1. La creación como acto libre y racional
La concepción cristiana de la creación es solidaria del Dios-Logos. Dios crea el mundo libremente, no por necesidad de su naturaleza, sino por un acto de amor y de sabiduría.[^5] Pero ese acto libre no es arbitrario: Dios crea según un plan inteligible, y las criaturas poseen naturalezas que reflejan la sabiduría del Creador. La creación ex nihilo subraya la contingencia radical del mundo: el mundo no es eterno ni necesario, sino que existe porque Dios ha querido libremente crearlo. Ahora bien, esa contingencia no es irracionalidad. El mundo es contingente, pero inteligible; podría no haber existido, pero una vez existe tiene una estructura racional que la mente humana puede conocer.
Lo decisivo, en esta concepción, es la combinación de contingencia e inteligibilidad. El mundo no tenía que ser así, pero es así, y esa es una buena noticia: significa que la realidad no es un caos sin sentido, sino un orden que podemos habitar y comprender. El científico cristiano no se sorprende de que el mundo sea inteligible; se sorprende de que haya mundo, y de que sea este mundo. De ahí su gusto por la ciencia.
2. La eternidad del mundo y el debate entre Al-Ghazālī y Averroes
La falsafa islámica, siguiendo a Aristóteles y a los neoplatónicos, sostuvo mayoritariamente la eternidad del mundo. Al-Fārābī, Avicena y Averroes concibieron la relación entre Dios y el mundo en términos de emanación necesaria: Dios es la causa primera, y el mundo procede de Él de manera eterna y necesaria, no por un acto libre de creación temporal. Esta posición entraba en conflicto con la letra de la revelación coránica, que afirma la creación del mundo por Dios en un acto libre, y con la teología ash’arí, que insistía en la creación temporal ex nihilo.[^6]
El debate entre Al-Ghazālī y Averroes, uno de los episodios más ricos de la historia de la filosofía, giró precisamente en torno a esta cuestión. Al-Ghazālī, en La incoherencia de los filósofos, atacó la doctrina de la eternidad del mundo argumentando que la razón filosófica no puede demostrarla y que, en cualquier caso, la omnipotencia divina exige la posibilidad de crear el mundo en un instante determinado. Averroes, en La incoherencia de la incoherencia, defendió la posición aristotélica y acusó a Al-Ghazālī de inconsistencia filosófica.[^7]
Conviene no simplificar el resultado histórico. Es tentador decir que Al-Ghazālī ganó la batalla y que con él ganó una concepción de Dios como Voluntad que no se deja atrapar por las categorías de la razón humana. Hay algo de verdad en ello, pero la fórmula es demasiado gruesa por dos razones. La primera: Al-Ghazālī no era un voluntarista puro; su crítica a los filósofos convive con una aceptación de la lógica y de buena parte de la metafísica aviceniana, y su blanco era menos la razón que la pretensión de la falsafa de establecer verdades demostrativas sobre Dios sin la revelación.[^8] La segunda: la falsafa no desapareció. Sobrevivió en la tradición persa, en la escuela de Isfahán y, sobre todo, en el Occidente latino, donde Averroes fue mucho más influyente que en el islam.
Concedo que «perdió» y «ganó» son metáforas demasiado gruesas. Lo preciso es esto: Averroes no se convirtió en la ortodoxia del islam sunní, mientras que su recepción latina, aun siendo conflictiva y condenada en París en 1277, fue intelectualmente decisiva para la escolástica. La paradoja no es que ganara, sino que fue leído con más intensidad fuera de su tradición que dentro. Y eso refuerza mi tesis: la razón filosófica autónoma encontró en el islam sunní un espacio institucional más estrecho, no porque Averroes fuera irrelevante, sino porque su programa no se institucionalizó.[^9]
Lo que sí se decidió en aquel episodio, y esto me parece sólido, fue la suerte de la razón filosófica autónoma en el seno del islam sunní. La ortodoxia se construyó sobre una desconfianza hacia la especulación que no se somete al texto. Esa desconfianza tiene consecuencias prácticas: el creyente educado en la tradición ash’arí no busca a Dios en la reflexión filosófica, sino en la sumisión al texto y a la ley. La filosofía no es una vía de acceso a Dios; es, en el mejor de los casos, un instrumento auxiliar.[^10]
3. Dos actitudes ante la naturaleza
La diferencia cosmológica tiene consecuencias para la filosofía de la vida. Si el mundo es creación libre de un Dios-Logos, la naturaleza posee una dignidad propia como obra de la sabiduría divina, y el conocimiento de sus estructuras racionales es un modo de honrar al Creador. Un cristiano contempla un paisaje y lo lee: busca en él las huellas del Creador, las proporciones, las leyes, la belleza inteligible. La naturaleza es un sacramento, un signo visible de una realidad invisible.[^11]
Si el mundo es el decreto de una Voluntad soberana cuyas razones no nos son accesibles, la naturaleza pierde esa inteligibilidad intrínseca y el conocimiento racional queda suspendido de la revelación positiva. El paisaje, entonces, no se lee: se contempla como testimonio. Los signos (āyāt) de la misericordia y el poder divinos se reconocen, no se descifran.[^12] La actitud tiene belleza, mucha, pero es distinta: la naturaleza no es un enigma inteligible que la razón debe resolver, sino un prodigio que la fe debe reconocer.
Me permito formularlo con una imagen que es mía, no de las fuentes: el cristiano y el musulmán miran el mismo paisaje, pero uno busca la gramática y el otro la firma. No son dos ignorancias ni dos sabidurías: son dos maneras de habitar el mismo asombro.
III. LA ANTROPOLOGÍA: IMAGEN Y SIERVO
1. La imago Dei y la dignidad incondicional
La antropología filosófica cristiana se articula en torno a la noción de imago Dei: el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). Esta noción, desarrollada por los Padres y por la escolástica, afirma que la dignidad del ser humano reside en su participación finita en la racionalidad y la libertad divinas. El ser humano es persona —»sustancia individual de naturaleza racional», en la definición de Boecio— porque conoce, ama y decide libremente.[^13] Su cuerpo no es una cárcel ni un accidente, sino parte constitutiva de su ser personal, llamado a la resurrección.
En esta noción se juega una de las diferencias prácticas más importantes entre ambas tradiciones. En el cristianismo, la dignidad humana es intrínseca: no depende de la pertenencia a una comunidad religiosa, sino de la naturaleza racional y libre que todo ser humano posee. Un cristiano trata bien a un desconocido, a un enemigo, a un marginado, no porque sea de los suyos, sino porque es humano. La parábola del buen samaritano —el extranjero, el hereje, el impuro que se detiene a ayudar al herido— es la formulación narrativa de esta convicción (Lc 10,25-37). El otro me obliga por el solo hecho de ser humano, no por ser mi correligionario.
Debo precisar, para no falsear la historia: esa dignidad intrínseca se formula con toda su fuerza en la modernidad católica y en la doctrina social de los siglos XIX-XX, pero su raíz está en la patrística y en la escolástica. En Tomás, la dignidad se funda en la naturaleza racional, y la gracia la eleva sin destruirla; no se funda en el mérito ni en la pertenencia. Esa es la convicción que quiero retener, y creo que es defendible con las fuentes en la mano.[^14]
La distinción entre principio e historia es aquí obligatoria. El principio de la imago Dei es intrínseco en la formulación tomista, pero la historia cristiana lo ha contradicho con frecuencia: esclavitud, inquisición, persecución religiosa. Mi tesis no es que los cristianos hayan sido siempre coherentes, sino que disponían de un principio que hacía posible la crítica de sus propias prácticas, y que ese principio se activó en la modernidad. Francisco de Vitoria, en su Relectio de Indis (1539), sostuvo que todos los seres humanos son criaturas racionales hechas a imagen de Dios y que la libertad es un derecho innato; Bartolomé de las Casas, en su Apologética Historia Sumaria, argumentó que «todas las naciones del mundo son hombres» y que todos participan de la misma definición racional y de la imagen de Dios.[^15] Esa es la prueba histórica de que el principio no era un adorno retórico.
2. La fiṭra y el califato: la dignidad del siervo
La antropología islámica se articula en torno a dos nociones complementarias: la fiṭra y el califato. La fiṭra designa la disposición natural originaria con la que Dios creó al ser humano, una inclinación innata hacia el monoteísmo y hacia el bien (Corán 30,30). El ser humano es, por naturaleza, un ser religioso; el pecado y la ignorancia pueden oscurecer esa disposición, pero no la destruyen. El califato (jalīfa) designa la función del ser humano como representante o vicario de Dios en la tierra (Corán 2,30): su tarea es someterse a la voluntad divina y administrar el mundo conforme a sus mandatos.[^16]
Concedo la precisión filológica: la fiṭra es disposición al tawḥīd, no a la sharía. Lo que sostengo es que, en la arquitectura teológica sunní, esa disposición se actualiza mediante la sumisión a la ley revelada, y que la dignidad plena del ser humano se piensa en relación con esa actualización. La distinción entre naturaleza y ley es real, pero la segunda es la forma histórica de la primera en la tradición que estudio. Saʿīd Fūdah, en su comentario al credo de al-Ṭaḥāwī, describe la fiṭra como un estado de receptividad, una predisposición fundacional que capacita al ser humano para reconocer la verdad del islam; la sharía, en esta lectura, no contradice la fiṭra, sino que la confirma y la explicita.[^17]
La relación entre Dios y el ser humano se piensa en el islam, en la mayoría de sus escuelas, bajo la categoría de señor y siervo (rabb y ʿabd). El ser humano es criatura cuya dignidad consiste en su obediencia al Creador. La libertad no es un valor absoluto, sino un instrumento para cumplir la voluntad divina; la verdadera libertad es la liberación de las pasiones y la sumisión a Dios. El ayuno del Ramadán, en quien lo vive con piedad, no se plantea primariamente como disciplina de autoconocimiento, sino como obediencia a un mandato. La pregunta no es «¿qué me enseña este ayuno sobre mí mismo?», sino «¿he cumplido con lo que Dios me ha ordenado?». La intención es la misma —agradar a Dios—, pero la estructura de la relación es distinta: en un caso, la obediencia es un medio para la transformación interior; en el otro, la transformación interior es un medio para la obediencia.
3. Dos modos de ser persona
La diferencia entre la imago Dei y la fiṭra no es solo terminológica. En el cristianismo, la semejanza divina se sitúa primariamente en la razón y la libertad, y la persona humana posee una dignidad que no depende de su obediencia efectiva a Dios. En el islam, la fiṭra es una disposición hacia la sumisión, y la dignidad del ser humano está ligada a su cumplimiento de la ley divina.[^18]
La duda religiosa no pesa lo mismo en ambas tradiciones. Un cristiano que duda de su fe puede vivir esa duda como una prueba, incluso como una forma de purificación; la tradición mística está llena de «noches oscuras» en las que la ausencia de Dios se convierte en una experiencia de crecimiento (Juan de la Cruz). La duda no es una amenaza para la fe; es una de sus formas. Un musulmán que duda de su fe vive esa duda con una angustia distinta, porque la duda no es solo una dificultad intelectual: es una falta de sumisión. La fe islámica (īmān) incluye la aceptación firme, y la duda puede ser vivida como una rebelión.
Conviene, sin embargo, no exagerar el contraste. El islam tiene una tradición robusta de reflexión sobre la duda, y su texto más célebre es del propio Al-Ghazālī: Al-Munqidh min al-ḍalāl es, literalmente, el relato de una crisis de duda y de la salida de ella.[^19] Lo que quiero sostener no es que el islam no piense la duda, sino que la estructura de la relación con Dios le da un peso moral distinto: en el cristianismo la duda puede ser una etapa de la unión; en el islam tiende a vivirse como una falta de taslīm. Es una diferencia de acento y de pedagogía espiritual, no una oposición absoluta. Y así formulada me parece más verdadera y más difícil de refutar.
IV. RAZÓN Y FE: DOS MODELOS DE CONOCIMIENTO
1. La síntesis tomista: la razón como aliada
La filosofía cristiana alcanzó su formulación más madura en la síntesis de Tomás de Aquino, que distinguió entre las verdades de la razón natural y las verdades de la revelación, pero afirmó su armonía fundamental. La razón puede conocer por sí misma la existencia de Dios, la ley moral natural y la inmortalidad del alma; la revelación añade verdades que exceden la capacidad de la razón —la Trinidad, la Encarnación, la gracia—, pero que no la contradicen.[^20] La filosofía es, en este modelo, una aliada de la teología, no una sierva servil: conserva su autonomía metodológica y su ámbito propio de competencia.
Un cristiano educado enfrenta una objeción intelectual a su fe sin rehuirla. Busca argumentos, consulta libros, dialoga con el que objeta. Parte de la convicción de que la fe no tiene nada que temer de la razón, porque ambas proceden de la misma fuente. Esta actitud es impensable sin el Dios-Logos: si Dios es racional, y el mundo es inteligible, y el ser humano participa de la racionalidad divina, entonces la razón humana puede confiar en sus propias fuerzas dentro de sus límites.
Debo añadir una precisión histórica, para que el retrato no sea demasiado ideal. La armonía tomista no fue la única posición cristiana, ni siquiera la dominante durante siglos. El agustinismo, el escotismo y el ockhamismo concibieron de otro modo la relación entre razón y fe, y el tomismo se impuso como ortodoxia docente tardíamente, sobre todo a partir del neotomismo del siglo XIX.[^21] Lo que quiero retener no es que todo cristiano haya sido tomista, sino que la tradición dominante ofreció un marco en el que la razón conserva un estatuto propio y no meramente instrumental.
2. La falsafa y el kalām: la razón subordinada
En el islam, la relación entre razón y fe adoptó una configuración diferente. La falsafa —la filosofía de inspiración griega— fue cultivada por pensadores como Al-Fārābī, Avicena y Averroes, que defendieron la autonomía de la razón y la armonía entre filosofía y revelación. Averroes, en particular, sostuvo en el Faṣl al-maqāl que la filosofía y la religión conducen a la misma verdad, aunque la religión lo hace mediante imágenes y la filosofía mediante demostraciones.[^22] Sin embargo, esta posición fue minoritaria y, tras el ataque de Al-Ghazālī y la consolidación del ash’arismo, la filosofía racionalista perdió influencia en el islam sunní.
El kalām —la teología escolástica islámica— subordinó la razón a la revelación. La razón es un instrumento útil para defender los dogmas y para interpretar los textos sagrados, pero no puede establecer verdades religiosas por sí misma ni juzgar la revelación. La verdadera sabiduría consiste en aceptar la revelación y en someter la inteligencia a ella.
Un musulmán piadoso no rehúye la objeción intelectual, pero la enmarca en un horizonte distinto: la examina a la luz del texto revelado y de la tradición, y si la razón no alcanza a resolverla, la acepta como un misterio que Dios conoce y el creyente no. La sumisión intelectual (taslīm) es una virtud. No se trata de irracionalidad, sino de una confianza en que la revelación es la instancia última de verdad, y que la razón, por sí sola, no puede alcanzarla. La actitud tiene una dignidad propia, pero configura una filosofía de la vida en la que la certeza religiosa no depende de la demostración racional, sino de la aceptación fiel del mandato divino.
3. Dos modos de educar
La diferencia se traduce en la educación, aunque aquí conviene extremar el cuidado para no caer en el estereotipo. La tentación es decir que un niño cristiano aprende a preguntar y un niño musulmán aprende a obedecer, y esa fórmula, además de ser elegante, es falsa. Lo que puede decirse con rigor es otra cosa: las dos tradiciones organizaron históricamente sus instituciones de enseñanza en torno a principios distintos, y esos principios dejaron huella en los hábitos intelectuales que transmitieron.
La tradición cristiana articuló su enseñanza superior en el studium generale y en la universidad medieval, instituciones en las que la disputa —la quaestio disputata— era un género pedagógico central: el alumno aprendía a argumentar por ambas partes antes de concluir. La tradición islámica articuló la suya en la madrasa, centrada en la transmisión del texto, la memorización del Corán y el aprendizaje del fiqh según una escuela jurídica determinada.[^23] No son dos modelos de libertad frente a autoridad, sino dos maneras de entender qué es aprender: en un caso, el ejercicio de la argumentación dentro de un marco doctrinal; en el otro, la incorporación fiel de una tradición normativa.
Ambas formas produjeron espíritus necesarios, pero no intercambiables. Y ambas conocieron sus excesos: el escolasticismo cristiano produjo disputadores incapaces de salir del juego verbal, y la enseñanza islámica produjo memorizadores incapaces de pensar por cuenta propia. La diferencia no está en la presencia o ausencia de libertad, sino en el lugar que cada tradición asigna a la argumentación y a la transmisión en la formación del creyente.
V. ÉTICA Y PRÁCTICA: LA LEY Y LA GRACIA, LA SHARÍA Y LA SUMISIÓN
1. La ética cristiana: del interior al exterior
La ética filosófica cristiana, en su vertiente tomista, se funda en la ley moral natural: hay una ley inscrita en la naturaleza racional del ser humano que prescribe el bien y prohíbe el mal, y que es accesible a la razón incluso sin revelación.[^24] La ley positiva revelada —los Diez Mandamientos— no contradice esa ley natural, sino que la explicita y la eleva. La moral cristiana pone el acento en la intención del corazón, en la disposición interior, más que en la conformidad externa con la regla. El Sermón de la Montaña radicaliza la ley: no basta no matar, es necesario no odiar; no basta no cometer adulterio, es necesario no desear (Mt 5,21-28). La ética cristiana es, en este sentido, una ética de la transformación interior, de la caridad, de la gracia que sana y eleva la naturaleza.
En el confesionario, el penitente no solo enumera actos: examina intenciones, disposiciones, hábitos. La pregunta no es solo «¿qué hice?», sino «¿por qué lo hice?», «¿qué había en mi corazón cuando lo hice?». La ética cristiana es una ética de la profundidad: le importa más el árbol que los frutos, porque si el árbol es bueno, los frutos lo serán. La consecuencia práctica es una enorme exigencia interior: no basta cumplir; hay que amar. Y como el amor no se manda, la ética cristiana desemboca necesariamente en la gracia: solo Dios puede transformar el corazón.
2. La ética islámica: del exterior al interior
La ética islámica se articula en torno a la sharía, la ley divina que regula todos los aspectos de la vida —culto, familia, economía, derecho penal, relaciones sociales—. La sharía no es una ley natural accesible a la razón, sino un mandato positivo de Dios que el creyente debe acatar. La obediencia es la virtud fundamental, y la comunidad es el espacio en el que la ley se realiza. La ética islámica pone un mayor acento en la conformidad de la acción con la norma revelada que en la disposición interior, aunque la espiritualidad sufí haya insistido, por su parte, en la pureza de la intención y en el amor a Dios.[^25]
El musulmán no reza cuando siente ganas de rezar; reza cuando toca, cinco veces al día, en horarios fijos, con movimientos prescritos, orientado hacia La Meca. La regularidad, la forma, la conformidad con el modelo, son esenciales. La interioridad importa, y mucho, pero la estructura de la práctica es prioritariamente exterior: primero se cumple, luego se comprende; primero se obedece, luego se ama. La ética islámica es una ética de la forma: la forma contiene el espíritu, y el espíritu se educa mediante la forma.
3. Dos modos de vida cotidiana
La diferencia se traduce en dos modos de vida cotidiana distintos, aunque no radicalmente opuestos. El cristiano tiene una estructura litúrgica, pero es más flexible: la oración personal puede hacerse en cualquier momento, el examen de conciencia es privado, la dirección espiritual es voluntaria. El musulmán tiene una estructura legal que organiza su jornada: las cinco oraciones marcan el ritmo del día, el ayuno del Ramadán reorganiza el año, las normas alimentarias regulan la mesa, la ley regula el matrimonio, la herencia, los contratos. La sharía no es un código abstracto; es una forma de vida que se encarna en cada detalle.
Llego aquí a una conclusión provisional, y la formulo como hipótesis porque sé que es discutible: el cristianismo tiende a espiritualizar la vida, el islam tiende a encarnar la ley. El contraejemplo que más incomoda a esta hipótesis es doble: el derecho canónico y la liturgia cristiana, por un lado, y el sufismo, por otro. El derecho canónico muestra que el cristianismo también produce forma; el sufismo muestra que el islam también produce interioridad. Lo que sostengo no es que una tradición tenga forma y la otra no, sino que la forma ocupa un lugar distinto en la economía de la salvación: en el cristianismo es medio para la caridad; en el islam es cauce de la obediencia. Ambas tradiciones han conocido sus excesos: el cristianismo ha producido fariseos de la interioridad, que se creen justos por sentir emociones piadosas; el islam ha producido legalistas sin corazón, que cumplen la ley sin amarla. Pero en su forma ideal, ambas buscan la integración: el cristianismo quiere que la interioridad se encarne en obras; el islam quiere que las obras se animen de interioridad. El punto de partida y la dirección del movimiento son distintos.
VI. EL SENTIDO ÚLTIMO: DOS MODOS DE ESPERAR
1. La esperanza cristiana: la resurrección y la visión beatífica
El cristianismo concibe el sentido último de la vida como comunión con Dios en la visión beatífica. La muerte no es el final, sino una transición; el cuerpo resucitará, y la persona entera —cuerpo y alma— participará de la gloria divina.[^26] La esperanza cristiana es una esperanza de conocimiento: ver a Dios cara a cara, comprender lo que ahora solo se cree. La vida eterna no es una prolongación indefinida de la vida presente, sino una transformación radical: «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Cor 2,9). La esperanza cristiana es, en el fondo, intelectual y amorosa: conocer y amar a Dios para siempre.
2. La esperanza islámica: el paraíso y la complacencia divina
El islam concibe el sentido último de la vida como la entrada en el paraíso, un jardín de delicias donde el creyente gozará de la presencia divina y de los bienes prometidos. La esperanza islámica es una esperanza de satisfacción: Dios se complace en el creyente y el creyente se complace en Dios (radiya Allāhu ʿanhum wa radū ʿanhū, Corán 5,119; 9,100). El paraíso coránico incluye imágenes sensoriales —jardines, ríos, frutos, huríes— que han sido interpretadas de manera literal o simbólica según las escuelas.[^27] La esperanza islámica es una esperanza de plenitud: la superación de toda carencia, la satisfacción de todo deseo, la paz definitiva en la sumisión a Dios.
3. Dos modos de morir
El cristiano que muere en paz lo hace, con frecuencia, con una mezcla de confianza y de deseo: «deseo partir y estar con Cristo» (Flp 1,23), como decía Pablo. La muerte es una liberación, un encuentro, una llegada. El musulmán que muere en paz lo hace, con frecuencia, con una mezcla de sumisión y de esperanza: «Dios es suficiente para nosotros, y Él es el mejor protector» (Corán 3,173). La muerte es un retorno, una entrega, una sumisión final. Ambos mueren en paz, pero la estructura de esa paz es distinta: en un caso, la paz de la confianza en un amor que ha sido prometido; en el otro, la paz de la sumisión a una voluntad que ha sido aceptada.
CONCLUSIÓN: LO QUE HE APRENDIDO
He escrito estas páginas para comprender, no para juzgar, y quiero cerrarlas con una decisión, no solo con una conclusión. Porque si algo he aprendido en este recorrido es que las dos filosofías de la vida que he examinado no son dos respuestas distintas a las mismas preguntas, sino dos maneras distintas de plantear las preguntas mismas. El cristianismo pregunta cómo puedo conocer y amar a Dios; el islam pregunta cómo puedo someterme a Dios. El cristianismo busca la inteligibilidad del misterio; el islam busca la conformidad con la ley. El cristianismo confía en que la razón puede acercarse a Dios; el islam confía en que la revelación es la única vía segura. El cristianismo pone el acento en la interioridad que se encarna; el islam pone el acento en la forma que se interioriza. Y esto, dicho así, simplifica; volveré sobre ello.
Son distintas, y esa distinción tiene consecuencias que van mucho más allá de la teología: configuran dos maneras de educar, de trabajar, de rezar, de amar, de morir. Comprenderlas en su diferencia es un ejercicio de filosofía, pero también un ejercicio de humanidad. Porque solo se puede dialogar de verdad con quien se ha comprendido en su diferencia, y solo se puede comprender una tradición cuando se la deja hablar en sus propios términos, sin reducirla a la imagen que la otra tradición se hace de ella.
Ahora bien, quiero decir con la misma franqueza que esa diferencia, siendo real, no es tan ancha como a primera vista parece. Lo digo porque lo he pensado hasta el final, no porque me tranquilice pensarlo. Me parece que las divergencias que he ido dibujando se agrandan cuando se las contempla desde fuera, como bloques enfrentados, y se estrechan cuando se las mira desde dentro, como dos maneras de habérselas con el mismo misterio. El Dios que se revela y el Dios que se razona no son dos dioses: son dos acentos sobre una misma realidad que ninguna tradición agota. Dicho con una reserva: no sé si esto se puede decir sin simplificar demasiado; lo dejo así, con esa reserva. Quien se somete no renuncia a comprender; quien comprende no renuncia a someterse. Lo he visto en conversaciones concretas, no solo en los libros. La interioridad que se encarna y la forma que se interioriza se buscan la una a la otra más de lo que se excluyen. Y si esto es así, la divergencia que nos separa no es la medida de lo que nos falta, sino la forma concreta que ha tomado en cada uno de nosotros la misma sed.
Y no lo digo solo por lectura. Pienso en mi familia, en los años en que algunos de los míos convivieron con vecinos musulmanes en el mismo rellano, en la misma casa. No hubo allí un diálogo de teólogos; hubo algo más modesto y más firme: se sabían los nombres, se cuidaban las puertas, se respetaban los horarios y las ausencias, se compartía la desgracia cuando llegaba. Mi gente no había leído el kalām ni la Summa, y sin embargo practicaba una aceptación que a mí me cuesta más teorizar que ver. En aquella convivencia las diferencias no desaparecían, pero dejaban de organizar la vida. Eso me ha hecho desconfiar de las divergencias que se dibujan desde lejos y me ha enseñado que la unidad no se fabrica declarando que todos pensamos igual, sino reconociendo que, bajo formulaciones distintas, nos debemos los unos a los otros. No quiero idealizar aquello; hubo roces, hubo incomprensiones, hubo silencios. Pero lo que quedó, al cabo de los años, no fue la distancia, sino la mesa compartida.
Debo reconocer, para terminar, un límite de mi análisis, y lo reconozco sin que me lo pidan. He atribuido a matrices teológicas diferencias que también podrían explicarse por historia política, economía e instituciones. La universidad medieval y la madrasa no son solo efectos de la teología; son instituciones que codeterminan lo pensable. Mi tesis no es que la teología cause todo, sino que configura el espacio de lo posible; teología e instituciones se codeterminan.[^28]
Si este ensayo tiene algún valor, es el de haber mostrado esa codeterminación en un caso concreto, no el de haberla reducido a una sola causa.
Termino con una confesión que es también una tesis. Al escribir este ensayo he descubierto que mi propia simpatía intelectual se inclina hacia el Dios-Logos, hacia la confianza en que la realidad tiene una gramática y que la razón puede deletrearla. Pero he descubierto también que esa inclinación no me autoriza a tratar la otra tradición como un defecto de la mía, y que el respeto no es una concesión que se hace al adversario, sino un modo de conocer mejor lo que uno mismo ama. El Dios que manda tiene una dignidad que el Dios que razona no siempre sabe ver: la dignidad de la entrega sin condiciones, de la confianza que no pide explicaciones, de la paz que no depende de haber entendido. Si este ensayo tiene algún valor, es el de haber intentado sostener las dos cosas a la vez: la diferencia real y el respeto real. Y quiero añadir, como decisión que me compromete, que no he escrito para marcar distancias, sino para acercarme. Si en algún punto he forzado el contraste, que el lector lo corrija: prefiero quedarme corto antes que ser injusto.
NOTAS
[^1]: Precisión histórica: el ash’arismo domina el *kalām* sunní desde el siglo XI, pero no agota la teología sunní; el maturidismo es mayoritario en tierras hanafíes, y el *fiqh* es un campo distinto del *kalām*. W. Montgomery Watt, *The Formative Period of Islamic Thought*.
[^2]: La tesis del declive por ortodoxia religiosa está contestada por la historiografía reciente. Dimitri Gutas, *Pensamiento griego, cultura árabe*; Ahmad Dallal, *Islam, Science, and the Challenge of History*. Uso la expresión «causas más complejas» en este sentido. Como ejemplo concreto de actividad científica posterior al siglo XI, puede citarse la Escuela de Maragha, cuyos modelos planetarios no ptolemaicos se desarrollaron desde el siglo XIII y ejercieron una influencia que se extendió hasta el siglo XVI. Sobre la tradición astronómica de Maragha, véase «The Astronomical Tradition of Maragha: A Historical Survey and Prospects for Future Research», *Arabic Sciences and Philosophy* (2008).
[^3]: Tomás de Aquino, *Suma Teológica* I, q. 25, a. 3, ed. bilingüe, Madrid, BAC (serie Thesaurus), Tomo I. La omnipotencia no incluye lo contradictorio porque lo contradictorio no es algo, sino ausencia de inteligibilidad.
[^4]: Al-Ash’arī, *al-Ibāna*, en R. J. McCarthy, *The Theology of al-Ash’arī*, Beirut, Imprimerie Catholique, 1953; al-Juwaynī, *al-Irshād*, trad. de Paul E. Walker, *A Guide to Conclusive Proofs for the Principles of Belief*, Reading, Garnet, 2000; y, para la posición de Al-Ghazālī, *Maqāṣid al-falāsifa*, trad. de Manuel Alonso Alonso, Barcelona, Juan Flors, 1963. Para la ética, ver *al-Mustaṣfā min ʿilm al-uṣūl*, ed. de Muḥammad Sulaymān al-Ashqar, Beirut, Mu’assasat al-Risāla, 1997.
[^5]: *Suma Teológica* I, q. 44-46, Tomo III.
[^6]: Corán 21,16-17; 50,38, en *El Corán*, ed. de Julio Cortés, Barcelona, Herder; y *Suma Teológica* I, q. 46, Tomo III.
[^7]: Al-Ghazālī, *Tahāfut al-falāsifa* (*La refutación de los filósofos*), Córdoba, Almuzara, 2026. Se trata de la primera traducción íntegra y anotada al español, publicada por Almuzara. Averroes, *Tahāfut al-tahāfut*, trad. de Simon van den Bergh, *Averroes’ Tahafut al-Tahafut*, 2 vols., London, Luzac, 1954.
[^8]: Sobre la complejidad de Al-Ghazālī, Frank Griffel, *Al-Ghazālī’s Philosophical Theology*. Para la exposición de la filosofía que Al-Ghazālī conocía y criticaba, *Maqāṣid al-falāsifa*, ed. de Alonso.
[^9]: Sobre el averroísmo latino y la paradoja de que Averroes pierde en el islam sunní y gana en el Occidente medieval, la referencia clásica sigue siendo Ernest Renan, *Averroès et l’averroïsme. Essai historique*, Paris, Michel Lévy, 1852 (reed. 1861), esp. pp. 238-249, donde se estudia la iconografía de Averroes a los pies de Tomás de Aquino en Santa Maria Novella. La traducción latina de Miguel Escoto (c. 1235) fue el vehículo de esa recepción. Sobre la vertiente española de la transmisión, Rafael Ramón Guerrero, «La transmisión a Europa de Averroes», en *Averroes y los averroísmos. Actas del III Congreso Nacional de Filosofía Medieval*, Zaragoza, 1999, pp. 117-122. Añádase que el averroísmo latino fue condenado en París en 1277, lo que confirma que su recepción fue conflictiva y no una simple «victoria». Para el texto averroísta citado, *Tahāfut al-tahāfut*, trad. de Van den Bergh.
[^10]: El sufismo ofreció otra vía, no filosófica pero sí especulativa, y la filosofía siguió cultivándose en márgenes institucionales (tradición persa, escuela de Isfahán). Annemarie Schimmel, *Dimensiones místicas del Islam*.
[^11]: Sobre la tradición del «libro de la naturaleza» como metáfora del conocimiento de Dios a través de la creación, Étienne Gilson, *El espíritu de la filosofía medieval*.
[^12]: Corán 3,190; 10,6; 45,3-5, en la ed. de Cortés.
[^13]: Génesis 1,26-27; Boecio, *Contra Eutiquen y Nestorio*, c. 3; y *Suma Teológica* I, q. 93, Tomo IV.
[^14]: *Suma Teológica* I, q. 93, Tomo IV.
[^15]: Francisco de Vitoria, *Relectio de Indis* (1539), en *Obras de Francisco de Vitoria: Relecciones teológicas*, ed. de Teófilo Urdanoz, Madrid, BAC, 1960; Bartolomé de las Casas, *Apologética Historia Sumaria*, ed. de Edmundo O’Gorman, México, UNAM, 1967. La frase «todas las naciones del mundo son hombres» se encuentra en el capítulo 48 de la *Apologética*.
[^16]: Corán 30,30; 2,30; 7,172, en la ed. de Cortés.
[^17]: Saʿīd Fūdah, *al-Sharḥ al-Kabīr ʿalā al-ʿAqīdah al-Ṭaḥāwiyyah*, Beirut, Dār al-Dhakhāʾir, 2014.
[^18]: La teología islámica discute si la *fiṭra* basta para la salvación y cuál es el estatuto del no musulmán virtuoso; no es un punto cerrado. Para un estudio detallado del estatuto de los no musulmanes en Al-Ghazālī, véase Emmanuel Pisani, *Hétérodoxes et non musulmans dans la pensée d’Abū Ḥāmid al-Ġazālī*; y del mismo autor, «Le statut du ḏimmī chez al-Ġazālī», *MIDÉO* (2018).
[^19]: Al-Ghazālī, *Al-Munqidh min al-ḍalāl* (*Confesiones: el salvador del error*), trad. de Emilio Tornero, Madrid, Trotta, 2013.
[^20]: *Suma Teológica* I, q. 1, a. 1 y a. 8, Tomo I; y *Contra Gentiles* I, c. 3-8.
[^21]: Sobre agustinismo, escotismo y ockhamismo, y sobre la imposición tardía del tomismo como ortodoxia docente, Étienne Gilson, *El espíritu de la filosofía medieval*.
[^22]: Averroes, *Faṣl al-maqāl* (*Tratado decisivo*), en *Teología de Averroes*, trad. de M. Alonso, Sevilla, Fundación El Monte, 1998, pp. 149-200.
[^23]: Sobre la comparación institucional entre *studium generale* y *madrasa*, George Makdisi, *The Rise of Colleges*.
[^24]: *Suma Teológica* I-II, q. 91 y q. 94, Tomo VII; y, para una lectura contemporánea, Servais Pinckaers, *Las fuentes de la moral cristiana*; o Jean Porter, *Natural and Divine Law*.
[^25]: Schimmel, *Dimensiones místicas del Islam*, sobre la insistencia sufí en la pureza de la intención y el amor a Dios.
[^26]: *Suma Teológica* Suppl., q. 92-93, Tomo XVI; y *Contra Gentiles* III, c. 51-63.
[^27]: Corán 55; 56, en la ed. de Cortés; y Schimmel, para la interpretación simbólica.
[^28]: Sobre la codeterminación entre teología e instituciones, Makdisi, *The Rise of Colleges*.

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