Escribo porque hay cosas que no sé decir en voz alta.
La noche a veces pesa. Las palabras son lo único que tengo para que no se me caiga encima. Escribo para no olvidar lo que pienso cuando nadie mira. Para no perder lo que siento cuando el mundo hace ruido.
Esto no es un escaparate. Es una habitación con la luz encendida. Aquí dejo lo que no cabe en una conversación, lo que no se dice en una cena, lo que se queda atascado y solo sale cuando los dedos tocan el teclado.
Digo lo que digo porque callarlo me hace daño. He aprendido que el silencio también es una forma de mentir. Escribir es la manera más honesta que tengo de estar vivo. Aunque duela. Aunque no sirva para nada. Aunque nadie lea.
¿Para qué me sirve? Para entender. Para ordenar el caos. Para dejar constancia de que pasé por aquí, de que pensé, de que dudé, de que quise y de que perdí. Para hablar conmigo mismo cuando nadie contesta.
¿Qué pretendo? No lo sé. Quizá dejar un rastro. Quizá que alguien lea y piense: yo también. Quizá escribir para no estar tan solo.
Si algo de lo que digo te resuena, quédate. Si no, da igual. Voy a seguir escribiendo.