La última vez que estuve en la sala de espera de un hospital público —que es muy a menudo, por mi trabajo— una mujer mayor tenía en las manos un papel con resultados que no entendía. Lo miraba y lo volvía a mirar. Lo giró, lo volvió a girar. Al final se levantó y preguntó en el mostrador. La enfermera le dijo que esperara. Esperó cuarenta minutos. Cuando la llamaron, no era su turno: era otro papel. Volvió a sentarse sin decir nada, con el bolso en las rodillas. Yo salí de allí pensando en mi madre, que también se pierde con los papeles. Si la izquierda no sirve para aliviar a esa mujer, no sé para qué sirve.
Escribo desde la izquierda porque no creo que el orden que hay sea inocente. He oído demasiadas veces eso de «hay que mantener el orden» en boca de gente a la que el orden le ha ido bien. En mi escalera el orden lo pone el portero. El portero cobra de la comunidad. Los que no están en la comunidad no tienen portero, y nadie pregunta por ellos. Conozco a un hombre que hace cuentas en la cama a las tres de la mañana. Se le oye la calculadora del móvil a través de la pared. Es el vecino del cuarto.
La tradición también me complica. En mi familia hay una manera de sentarse a la mesa que yo defiendo y una manera de callar ciertas cosas que detesto. No puedo quedarme con una y tirar la otra sin más, aunque a veces me gustaría. Con la seguridad me pasa lo mismo. Mi vecina ya no baja sola a comprar. No porque haya pasado nada, dice. Por si acaso. Y yo no sé qué contestarle cuando me lo cuenta, porque no sé si necesita más policía o más luz en el portal, y sospecho que ninguna de las dos cosas le devuelve la calle.
El mercado, cuando se lo deja solo, convierte la enfermedad en factura. Lo he visto en una factura de urgencias, con su código y su importe. También he visto a gente inventarse un trabajo de la nada, y no voy a fingir que todo lo que sale del mercado es basura, sería mentira. Lo que me molesta no es que haya mercado. Me molesta que haya cosas que se vendan.
Pero la izquierda que me importa no empieza por el producto interior bruto. Empieza por las personas. Me acuerdo de una discusión con mi padre en la que él decía que la gente es lo primero y yo le decía que eso era muy bonito, pero no pagaba el alquiler. Ahora pienso que los dos teníamos razón, y que ninguno la tenía entera. El pan importa, vaya si importa. Pero no se compra con obediencia. Una persona no es un recurso. He visto a un jefe de personal decirle a una mujer de cincuenta años que era «poco competitiva». Había criado a tres hijos y cuidado a su padre enfermo durante años. Eso no sale en ningún balance.
Me importa la igualdad, pero no como homogeneización. Igualdad es que nadie valga menos por haber nacido donde nació, por ser mujer, por ser viejo, por ser migrante. Conozco a un hombre que dependió de una vecina para comer durante dos meses. No sé qué habría sido de él sin esa mujer. La solidaridad es reconocer que dependemos unos de otros. Yo ya he sido dependiente y voy a volver a serlo. Todos. El progreso humano no se mide en cosas. Se mide en que una mujer pueda cuidar a su padre sin perder el trabajo.
La izquierda también se equivoca. Puede creer que la igualdad justifica decidir por la gente, que el cambio justifica atropellar lo que la gente quería. En una asamblea de mi barrio se votó echar a un compañero porque hacía preguntas incómodas. Ganó la moción. Ese día aprendí algo sobre la izquierda que no me gustó, y no quiero olvidarlo. Y no acepto la trampa de que anteponer lo humano es despreciar lo material. Al contrario: lo material importa porque la dignidad necesita condiciones. Sin casa, sin salud, sin tiempo, la dignidad es una palabra. Pero las condiciones son el principio. Y sobre el principio hay que construir, y también vivir.
Hay una objeción que no sé resolver, y prefiero decirlo a fingir que tengo el discurso cerrado. Si defiendo la solidaridad con el que llega, ¿estoy dejando de mirar al que se va? No lo sé. Lo pienso y no me sale una respuesta limpia. A veces creo que la solidaridad verdadera tendría que alcanzar a los dos, y a veces creo que eso es una manera cómoda de no elegir.
Pido que no se mienta sobre a quién se deja en la cuneta. Y, sobre todo, que la política no nos trate como cosas.
La mujer del hospital sigue esperando. Nadie le ha preguntado qué necesita. Yo tampoco, pero continúa y continuará en mi ese remordimiento por no haber hecho nada.

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