La izquierda contra la izquierda.

Oye, perdona que te diga una cosa que me reconcome por dentro desde hace años y cuando la comparto con mis camaradas, provoco miradas de rechazo y desconfianza, incluso, como si estuviera traicionando la causa. Pero la pregunta sigue ahí, clavada:

¿no seremos nosotros mismos nuestro peor enemigo?

Suena a dicho sobado, lo sé. A la típica excusa que se suelta en una reunión cuando toca pedir unidad a machamartillo para tapar agujeros. Pero no lo digo por hablar; lo digo porque llevo media vida viéndolo en la calle, en los sindicatos y en las urnas. Cada vez que la izquierda se tambalea en unas elecciones o pierde el pulso en un conflicto, me pregunto cuánto de ese golpe vino de enfrente y cuánto nos lo asestamos nosotros solitos desde dentro. Es como el chiquillo que se golpea los dedos con su propio martillo.

La derecha tiene clarísimo a qué juega. Te guste más o te guste menos, no pierden el tiempo en milongas. Saben lo que quieren, saben a quién sirven y, cuando llega la hora de la verdad, se juntan. Les da igual si por dentro no se pueden ni ver, si sus líderes se detestan o si la base de uno piensa distinto a la del otro. Se aprietan los machos y caminan juntos porque entienden de qué va esto: solos no suman, y juntos, aunque sea por puro interés, se quedan con todo.

Nosotros, en cambio, pecamos de lo contrario. Tenemos algo que en teoría tendría que ser nuestra mayor virtud: la capacidad de dudar y de criticar. Y lo es, claro que lo es. El problema es cuando la crítica deja de ser una herramienta para mejorar las cosas y se convierte en un vicio, en un deporte nacional. Ahí nos ahorcamos solos. Cuando la izquierda necesita hacer piña de verdad, se despedaza. Y casi nunca es por grandes diferencias de fondo, qué va; es por cuestiones de forma, por egos desmedidos (sic), por rencillas del pasado o por esa manía tan nuestra de mirarnos el ombligo mientras la reacción va ganando terreno metro a metro.

Cansado estoy de ver cómo un colectivo de barrio o una plataforma se rompe por una nimiedad. Por una palabra mal puesta en un manifiesto, por un gesto fuera de sitio o por ver quién sale en la foto de la pancarta. Y lo peor de todo es que los que se rebotan y se van no se quedan peleando en otro sitio; se van a su casa. Se queman, se desencantan, dejan de votar o tiran el voto a opciones marginales que no van a cambiar la vida de nadie. Mientras tanto, al otro lado, sonríen viendo cómo nos reventamos solos sin que ellos tengan ni que despeinarse, desde sus áticos de lujo.

Me acuerdo de una asamblea interminable donde estuvimos horas discutiendo por una sola palabra. Unos decían que encajaba y otros que resultaba ofensiva. Horas quemando saliva mientras la gente de la calle, la que tenía el problema real por el que nos

habíamos juntado allí, esperaba fuera. Nos dimos el gusto de tener un debate purísimo, sí, pero el texto se quedó en el cajón y el problema de la gente, tirado. Confundimos fiscalizar con destruir. Creemos que poner pegas a todo nos hace más valientes o más puros, cuando muchas veces solo es una forma cómoda de no arremangarse, de quedarse en la barrera criticando todo porque nada nos parece lo bastante perfecto para merecer nuestro compromiso.

Todas las casas tienen trapos sucios, pero hay una diferencia enorme en cómo los gestionamos. La derecha los lava de puertas para dentro o los esconde debajo de la alfombra; nosotros los sacamos al balcón, los pregonamos en redes y los gritamos en la barra del bar. Y luego nos echamos las manos a la cabeza porque la gente trabajadora no nos vota. La gente que se levanta a las seis de la mañana no busca debates académicos sobre la pureza del dogma; busca seguridad, firmeza y confianza. Y la confianza no se transmite peleándose en público, sino mostrando un bloque sólido y sabiendo tragar saliva cuando toca.

Es sangrante ver cómo a veces nos escuece más un mal gesto de un compañero que una reforma laboral que nos aplasta. Preferimos castigar al de al lado antes que parar al que nos quita los derechos, solo porque el de al lado nos ha herido el orgullo. Nos duelen más las formas que el fondo, y con esa escala de valores es imposible construir nada duradero.

No se trata de tragar con todo ni de acatar órdenes a ciegas como robots. Se trata de entender que tener la razón moral no sirve de nada si no tienes la fuerza para

transformar la realidad. De nada vale conservar la conciencia impoluta si el gobierno de las cosas se lo quedan los que van a apretarle las tuercas a la clase obrera. La unidad no es traicionar las ideas; es la única vía para que esas ideas dejen de ser un discurso bonito y se conviertan en pan, vivienda y dignidad.

Hay que saber diferenciar la crítica que construye de la que solo busca anotarse un tanto personal. Si tu única aportación al movimiento es señalar lo mal que lo hacen los demás mientras tú te quedas de brazos cruzados, no estás sumando, estás haciendo el trabajo sucio al enemigo.

Nos queda la duda de si seremos capaces de aprender la lección a tiempo. Mientras sigamos prefiriendo llevar la razón a transformar la vida de la gente, seguiremos siendo nuestros peores enemigos. Y mientras nosotros jugamos a ver quién es más puro, la gente humilde, la que de verdad necesita que nos dejemos de tonterías y peleemos por sus derechos, sigue esperando. Ojalá espabilemos antes de que ya no quede nada que defender.

En fin, ya me dirás….

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