La masa no piensa.

Un ensayo sobre la gente que decide sin saber (y sobre mí mismo, que también he sido masa)


Voy a decir algo que no se puede decir. Algo que, si lo dices en una comida familiar, te miran mal. Algo que, si lo escribes en un periódico, te crucifican. Voy a decir que la masa no piensa. Que la gente, cuando se junta, se vuelve más tonta. Que la mayoría no está preparada para decidir nada importante. Y que, cuando decide, decide mal. O decide lo que le dicen que decida.

Lo digo con el corazón en la mano. No lo digo por desprecio. Lo digo por dolor. Porque he visto a gente buena votar por gente mala. He visto a gente honrada creerse mentiras. He visto a gente trabajadora apoyar a quien la explota. Y no lo entiendo. O sí lo entiendo. Lo entiendo porque lo he vivido. Porque yo también he sido masa. Porque yo también he votado sin saber. Porque yo también me he creído cosas que eran mentira.

Este ensayo no va contra la gente. Va contra la masa. Que no es lo mismo. La gente es gente. La masa es otra cosa. La masa es lo que pasa cuando la gente deja de pensar por su cuenta. Cuando se deja llevar. Cuando sigue al que grita más. Cuando vota con el estómago. Cuando se enfada con el vecino en vez de con el que le roba. Eso es la masa. Y eso es lo que quiero contar.

Lo que decían los clásicos

Esto no lo he inventado yo. Esto lo dijo Platón hace dos mil cuatrocientos años. Y lo dijo mejor que yo.

Platón, en La República, compara al pueblo con una bestia enorme y salvaje. Dice que los sofistas no enseñan sabiduría, sino que aprenden los humores de la bestia para calmarla o enfurecerla. Y que la masa es incapaz de filosofía porque se guía por las emociones. La masa no quiere verdad. Quiere alivio. Y el que le da alivio, la maneja. Aunque la maneje para mal. Aunque la maneje para destruirla.

Aristóteles lo llamó demagogia. Dijo que en las democracias donde la ley no manda, mandan los demagogos. Y los demagogos no son sabios. Son charlatanes. Atacan a los ricos para ganarse a los pobres, y a los poderosos para ganarse a los débiles. Y la masa, agradecida, los vota. Sin darse cuenta de que está votando a su propio verdugo.

Maquiavelo lo dijo sin adornos. Dijo que la masa se deja seducir por las apariencias. No por la verdad. Por las apariencias. Y por el éxito. Si algo parece bueno, es bueno. Si algo funciona, es bueno. Aunque sea mentira. Aunque sea injusto. Aunque sea cruel. Y dijo también una frase que debería estar grabada en la puerta de todos los parlamentos: «Los hombres son tan simples y están tan habituados a obedecer a las necesidades del momento, que el que engaña siempre encontrará a alguien que se deje engañar.»

Y Nietzsche lo llamó moral de rebaño. Dijo que la masa busca la seguridad. Que tiene miedo al que destaca. Que odia al que sobresale. Y que, para protegerse, impone una moral de mediocres. Una moral en la que el que piensa por su cuenta es peligroso. Y en la que el que obedece es virtuoso.

Todo esto lo dijeron hace siglos. Y todo esto sigue pasando. Porque la naturaleza humana no cambia. Cambian las herramientas. Cambian los medios. Pero la masa sigue siendo masa. Y el demagogo sigue siendo demagogo. Y el que engaña sigue encontrando a quien engañar.

La anécdota del bar

Voy a contar una cosa que me pasó. No hace mucho. En un bar. Un bar de barrio. De esos donde va la gente a tomar el café y a hablar de todo. Y había un grupo de hombres. Mayores. Trabajadores. Gente que ha trabajado toda la vida. Gente honrada. Y estaban hablando de política. Y uno de ellos dijo:

—Es que Ayuso es la única que dice la verdad.

Y los demás asintieron. Y yo, que estaba al lado, me quedé helado. Porque pensé: «Este hombre no ha leído el programa de Ayuso. No ha leído sus presupuestos. No ha mirado sus cifras. No ha contrastado nada. Solo sabe lo que ha oído en la tele. Y lo que ha oído en la tele le ha gustado. Y por eso dice que dice la verdad.»

Y entonces me di cuenta de algo. Me di cuenta de que ese hombre no votaba por Ayuso. Votaba contra algo. Contra lo que le han dicho que es el enemigo. Y Ayuso, para él, era la que se enfrentaba a ese enemigo. No importaba lo que hiciera. No importaba lo que dijera. Importaba que se enfrentaba.

Ese hombre no es tonto. Es un hombre que ha trabajado toda la vida. Que ha criado a sus hijos. Que ha pagado sus impuestos. Que ha hecho lo que tenía que hacer. Pero no ha tenido tiempo de pensar. No ha tenido tiempo de leer. Y cuando llega a casa, está cansado. Y lo único que quiere es que alguien le diga que todo va a estar bien. Y Ayuso le dice eso.

Y yo me quedé pensando. Pensando en ese hombre. En su cara. En su cansancio. Y en la mía. Porque yo también he votado sin saber. Yo también me he creído cosas que eran mentira. Yo también he sido masa. Y no me di cuenta hasta que me paré a pensar. Y me paré a pensar porque alguien me dijo: «Espera. ¿Tú sabes lo que estás diciendo?». Y no lo sabía. Y desde entonces, procuro saberlo. Aunque no siempre lo consigo.

Nota: Ayuso es un ejemplo. Podría haber puesto otros. Pero es el que conozco. Y es el que me hizo pensar.

La masa de hoy

La masa de hoy no es como la de antes. La masa de antes se reunía en la plaza. Escuchaba discursos. Leía panfletos. Hablaba entre sí. La masa de hoy está sola. Cada uno en su casa. Cada uno con su móvil. Cada uno con su pantalla. Y la pantalla le dice lo que tiene que pensar, lo que tiene que sentir y quién es el enemigo.

La masa de hoy no lee, ve vídeos, no analiza, reacciona, no piensa, opina. Y las redes sociales están diseñadas para amplificar lo peor. Se premia el escándalo, la indignación, el insulto. Lo matizado no se comparte. Lo que se comparte es lo que alimenta la rabia. Lo que señala a un enemigo.

Me doy cuenta de que estoy hablando de la masa como si fuera una cosa. Y no lo es. Es gente. Es mucha gente. Y yo formo parte de esa gente. Y a veces, cuando escribo esto, me pregunto si no estaré hablando de mí mismo. Y creo que sí. De mi propia incapacidad para pensar. De mi propia pereza. De mi propia cobardía.

Y cuando esa masa vota, no vota con criterio. Vota con el estómago. Y elige a los que mejor le hablan a esas vísceras. No a los que mejor podrían gobernarla. Porque gobernar requiere criterio. Y la masa no suele tener criterio. Tiene opiniones. Y las opiniones no son criterio.

El caso Ayuso

Isabel Díaz Ayuso es un ejemplo. No el único. Pero sí el más claro de los últimos años en España.

Ayuso no gobierna para la masa. Gobierna para su masa. Para la masa que la apoya. Para la masa que la vota. Y esa masa la apoya, no porque tenga un proyecto, no porque tenga un programa, no porque tenga una visión de país. La apoya porque les habla. Porque les dice lo que quieren oír. Porque les señala enemigos. Porque les da espectáculo.

Ayuso no es una política. Es un fenómeno mediático. Y funciona porque la masa no pide más. La masa no pide coherencia. No pide rigor. No pide gestión. La masa pide emoción, identidad, pertenencia. Y Ayuso le da todo eso. Le da un relato. Le da un enemigo. Le da un nosotros frente a ellos. Y la masa, agradecida, la vota.

Y mientras tanto, los problemas reales no se resuelven. La sanidad no mejora, la educación no mejora, la vivienda no mejora, los servicios públicos no mejoran. Pero eso da igual. Porque la masa no vota para mejorar su vida. Vota para sentirse mejor. Y sentirse mejor no requiere esfuerzo. Requiere un enemigo. Y Ayuso le da uno cada mañana.

La formación y la capacidad meditativa

Si la masa no puede decidir con criterio, ¿qué se puede hacer? La respuesta no es fácil. Y no hay una solución mágica.

La primera cosa que se puede hacer es formar. Pero no una formación técnica. Una formación humana que enseñe a pensar, a dudar, a contrastar, a leer, a escuchar, a esperar. Eso no se enseña en las escuelas. Y mientras no se enseñe, la masa seguirá siendo masa.

La segunda cosa que se puede hacer es cultivar la capacidad meditativa. La capacidad de parar. De callar. De quedarse quieto. De mirar sin juzgar. De escuchar sin responder. De pensar sin precipitarse. Esa capacidad es cada vez más rara. Porque el mundo en el que vivimos está diseñado para que no la tengamos. Para que estemos siempre ocupados. Siempre entretenidos. Siempre indignados. Siempre movilizados. Y el que está siempre movilizado, no piensa. Solo reacciona.

La tercera cosa que se puede hacer es crear espacios de reflexión. Espacios donde la gente pueda pensar junta. Sin prisa. Sin ruido. Sin consignas. Espacios donde se pueda dudar en voz alta. Donde se pueda decir «no lo sé». Donde se pueda cambiar de opinión. Esos espacios existen. Pero son pocos. Y son frágiles. Y la masa no los frecuenta. Porque la masa no busca pensar. Busca pertenecer.

Conclusión

Yo creo que la masa no puede decidir. A lo mejor me equivoco. Pero lo que he visto me lleva a pensar eso. No porque sea tonta. Sino porque no está preparada para decidir. No tiene formación ni criterio ni capacidad meditativa. No tiene tiempo, ni espacio, ni silencio. Y sin silencio, no hay pensamiento. Y sin pensamiento, no hay decisión. Solo hay reacción.

Casi nunca elige a los mejores. Casi siempre elige a los que mejor le hablan. Y no siempre son los mismos. Los que mejor le hablan no son los mejores. Son los que mejor la manejan. Los que mejor explotan sus miedos. Los que mejor alimentan sus rabias. Los que mejor le señalan enemigos. Y así, la masa acaba gobernada por los que la desprecian. Por los que la utilizan. Por los que la destruyen.

¿Y qué se puede hacer? Poco. Muy poco. Formar. Cultivar la meditación. Crear espacios de reflexión. Y esperar. Esperar que la masa, algún día, deje de ser masa. Y se convierta en pueblo. En un pueblo que piensa. Que duda. Que decide con criterio.

Eso es una utopía. Ya lo sé. Pero las utopías sirven para caminar. Aunque no se llegue nunca. Y mientras tanto, el taller. El espacio donde se puede pensar sin miedo. El espacio donde la masa no entra. Y eso, en los tiempos que corren, ya es algo. No sé si un milagro. Pero algo.

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